Inmoralidad, Insatisfacción e Inseguridad: Desafíos de la familia Moderna
"Honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla; pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios. Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: “No te desampararé, ni te dejaré”. De manera que podemos decir confiadamente: 'El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre'". Texto: Hebreos 13:4-6.
El matrimonio constituye una de las relaciones humanas más profundas y complejas. En él convergen afectividad, sexualidad, economía, proyectos de vida, expectativas, espiritualidad y necesidades de seguridad. Precisamente por esta complejidad, las amenazas contra el matrimonio no proceden únicamente de acontecimientos externos. También pueden surgir de fuerzas interiores que, cuando no son reconocidas y reguladas, terminan deformando la relación: el deseo sexual desordenado, la avaricia y el temor.
En 13:1–3 aparecen tres exhortaciones relacionadas con la vida comunitaria: permanecer en el amor fraternal, practicar la hospitalidad y acordarse de los presos y maltratados. Los versículos 4-6 continúan esa sección abordando dos áreas particularmente importantes para la vida cristiana: la sexualidad y los bienes materiales.
Es significativo que después de hablar del amor hacia otros, el autor trate dos fuerzas que pueden destruir las relaciones humanas: la infidelidad sexual y la avaricia. Ambas pueden convertir al otro en objeto de apropiación: sexualmente en el primer caso y económicamente en el segundo.
La estructura puede representarse así:
El movimiento argumental es muy interesante: fidelidad → contentamiento → confianza.
La proximidad de estos tres asuntos - inmoralidad sexual, avaricia y temor - no parece accidental. Los tres pueden penetrar progresivamente en la relación matrimonial y alterar su naturaleza. La inmoralidad destruye la fidelidad; la avaricia corrompe la administración de los bienes y el sentido de suficiencia; y el temor puede deteriorar la confianza, la comunicación y la libertad interior de los cónyuges.
El texto ofrece, por tanto, más que tres prohibiciones independientes. Propone una concepción integral de la vida matrimonial: el matrimonio debe ser honrado, la vida debe estar libre del dominio del dinero y el corazón debe encontrar su seguridad en Dios.
Hebreos 13:4–6 es especialmente rico porque une santidad sexual, fidelidad matrimonial, libertad frente al amor al dinero, contentamiento y confianza en la presencia de Dios. No son exhortaciones aisladas: el autor está describiendo cómo se ve en la vida cotidiana una comunidad que vive a la luz de Cristo.
Desde esta perspectiva, Hebreos 13:4-6 puede leerse como una antropología espiritual del matrimonio: el ser humano puede ser dominado por el deseo sexual desordenado, por el deseo de poseer y por el miedo; pero el evangelio llama a ordenar esas fuerzas bajo la soberanía de Dios.
Idea central
Cuando Cristo vuelve al centro del hogar, la fidelidad protege el pacto, el contentamiento protege la unidad y la confianza protege el corazón.
INTRODUCCIÓN
¿Qué ocurre cuando el centro desaparece?
Hay casas hermosas que no son hogares.
Hay familias que comen juntas, pero ya no conversan.
Hay matrimonios que duermen en la misma habitación, pero viven emocionalmente separados.
Hay padres que aman profundamente a sus hijos, pero están tan ocupados intentando sostener la casa que ya no tienen tiempo para construirla.
Y hay parejas que aparentemente tienen todo lo necesario para ser felices, pero han perdido algo fundamental: han perdido el centro.
Porque una familia no se destruye únicamente cuando alguien se va.
A veces comienza a destruirse cuando alguien permanece físicamente, pero se va emocionalmente.
A veces comienza con un teléfono que guarda mensajes o llamadas ocultas.
A veces con una conversación que nunca debió ocurrir.
A veces con una deuda que nunca se habló.
A veces con una comparación.
A veces con un secreto.
A veces con miedo.
Y a veces comienza de una manera aparentemente insignificante: «Ya no necesitamos hablar de esto».
Pero los pequeños silencios pueden convertirse en grandes distancias.
Ilustración introductoria
Imaginemos una casa sostenida por tres columnas: fidelidad, contentamiento y confianza.
Mientras las tres permanecen firmes, la casa puede soportar tormentas.
Pero si una comienza a deteriorarse, toda la estructura queda comprometida.
Hebreos 13:4-6 nos muestra precisamente esas tres columnas.
Versículo 4: fidelidad.
Versículo 5: contentamiento.
Versículo 6: confianza.
Y hay algo todavía más importante: las tres dependen de una realidad mayor:
Dios está presente.
«Dios juzgará».
«Dios no te dejará, ni te desamparará».
«Dios es tu ayudador».
Por eso el mensaje de esta mañana
No es simplemente: «Esposos, sean fieles».
No es simplemente: «Familias, administren bien su dinero».
No es simplemente: «No tengan miedo».
El mensaje es mucho más profundo: Familia, vuelvan a poner a Cristo en el centro.
Elena G. White escribió:
«Corazones llenos del amor de Cristo nunca pueden estar muy separados». HC, 72.
Cuando Cristo reina en el hogar puede existir un amor profundo y desinteresado. "Sólo donde reina Cristo puede haber cariño profundo, fiel y abnegado". HC, 53.
La pregunta, entonces, no es solamente: "¿Cómo está mi matrimonio?"
La pregunta más profunda es: "¿Quién está reinando en mi matrimonio?"
I. FIDELIDAD: «HONROSO SEA EN TODOS EL MATRIMONIO»
Hebreos 13:4 comienza con una declaración contundente y extraordinaria: «Honroso sea en todos el matrimonio».
Una traducción muy literal sería:
«Honorable [sea] el matrimonio entre todos, y el lecho [sea] incontaminado, porque a los inmorales sexualmente y a los adúlteros juzgará Dios».
Hay una cuestión gramatical importante. El verbo ἔστω (éstō), «sea», no aparece explícitamente en el texto. Muchos intérpretes entienden que debe suplirse: «Que el matrimonio sea tenido por honorable…»
Esto concuerda con el carácter exhortativo del capítulo y con la construcción paralela del versículo 5..
La palabra griega para «honroso» es τίμιος (tímios), que significa precioso, valioso, honorable, digno de estima.
El escritor de Hebreos
No empieza diciendo: «No adulteren». Comienza diciendo: «Honren el matrimonio».
El autor no comienza hablando de lo que está prohibido, sino de lo que debe ser valorado.
Eso cambia completamente la perspectiva.
La fidelidad matrimonial no consiste simplemente en evitar una relación extramatrimonial. Esto resulta fundamental. La moral matrimonial de Hebreos no nace de una visión negativa de la sexualidad, sino de una visión positiva del matrimonio, elevando el valor del matrimonio. Por tanto, la exhortación podría expresarse conceptualmente así: Traten el matrimonio como algo precioso, valioso delante de Dios, como algo digno de honor.
Fidelidad es tratar el pacto matrimonial como algo precioso. El matrimonio no aparece como una concesión a la debilidad humana ni como una institución espiritualmente inferior. Forma parte del orden querido por Dios. Cristo no vino a destruir la sagrada relación del matrimonio, sino a exaltarla y restaurarla a su santidad original.
«¿Cómo podemos preservar aquello que Dios considera honorable?»
El matrimonio» γάμος - gámos = matrimonio, boda, relación matrimonial.
Aquí no debe reducirse la palabra exclusivamente al acto ceremonial de casarse. En este contexto apunta al estado matrimonial y a la relación conyugal.
La idea sería: El matrimonio debe ocupar un lugar de honor en la comunidad; es decir, toda la comunidad debe reconocer y proteger el valor del matrimonio.
Para C.S. Lewis: "Amar no significa simplemente experimentar un sentimiento intenso, sino querer activamente el bien de aquello que se ama". C. S. Lewis, The Four Loves (New York: Harcourt, Brace, 1960), 120.
Esto resulta particularmente importante porque Hebreos no presenta la sexualidad matrimonial como algo inferior o espiritualmente sospechoso. La ética sexual cristiana no comienza con una prohibición, sino con una afirmación del valor de la relación matrimonial. El matrimonio merece honor porque no es simplemente un contrato social ni una asociación económica. Es una relación de pacto en la cual dos personas se comprometen a compartir su vida.
Al contrario: el matrimonio pertenece al orden honorable de la creación de Dios.
Por eso el texto puede leerse también como una corrección a cualquier espiritualidad que considere el matrimonio como una condición espiritualmente inferior.
1. La fidelidad comienza mucho antes del adulterio
Normalmente pensamos que la infidelidad comienza cuando existe una relación sexual con otra persona. Pero muchas veces comienza mucho antes.
Comienza cuando un cónyuge entrega a otra persona una intimidad que debería reservarse para su esposo o esposa.
Comienza con conversaciones secretas.
Con mensajes que deben ocultarse.
Con una amistad que empieza a ocupar un lugar emocional que corresponde al cónyuge.
Con una comparación: "¿Por qué tú no eres como él?" "¿Por qué tú no eres como ella?"
Y comienza cuando una persona encuentra fuera del matrimonio una fuente de validación que ya no busca dentro del matrimonio.
Hebreos continúa:
«…y el lecho sin mancilla».
La palabra κοίτη (koítē) puede significar literalmente «lecho», pero también puede referirse a la relación sexual. En este contexto posee claramente una dimensión conyugal. (F. F. Bruce, The Epistle to the Hebrews, rev. ed., New International Commentary on the New Testament (Grand Rapids, MI: William B. Eerdmans Publishing Company, 1990), comentario sobre Hebreos 13:4-6).
Es una palabra que puede tener una connotación sexual. En Hebreos 13:4, el contexto demuestra que se refiere al ámbito de la intimidad sexual matrimonial.
El término ἀμίαντος (amíantos), «sin contaminación», «sin mancha» o «incontaminado», describe aquello que permanece moralmente limpio. (William L. Lane, Hebrews 9-13, Word Biblical Commentary 47B (Dallas, TX: Word Books, 1991), comentario sobre Hebreos 13:4).
El autor está afirmando, por tanto, que la intimidad matrimonial debe conservarse dentro del ámbito de la fidelidad.
Por tanto, el concepto es: un lecho que no ha sido contaminado.
El texto distingue entre dos realidades:
sexualidad como expresión de intimidad matrimonial y
sexualidad como satisfacción egoísta del deseo.
La primera fortalece el vínculo; la segunda puede destruirlo.
La inmoralidad sexual aparece entonces como una forma de desorden del deseo. El deseo deja de estar subordinado al amor y comienza a exigir que el amor se subordine al deseo.
La sexualidad matrimonial no es presentada como algo impuro. Lo que el autor condena es la contaminación de aquello que Dios ha establecido como honorable.
Esto es importante teológicamente: Hebreos no presenta el problema como sexualidad versus espiritualidad, sino como sexualidad ordenada versus sexualidad que viola el pacto matrimonial.
La expresión adquiere mayor fuerza cuando inmediatamente aparecen:
πόρνοι (pórnoi): inmorales sexualmente;
μοιχοί (moichoí): adúlteros.
El primer término funciona como una categoría amplia para comportamientos sexuales considerados ilícitos dentro del marco moral bíblico.
El segundo término se refiere específicamente a quienes violan la fidelidad matrimonial.
Así, el problema fundamental no es la existencia del deseo sexual. El problema es la transformación del deseo legítimo en una fuerza que viola el pacto matrimonial.
Porque la infidelidad, no es apenas un acto, es un sentimiento que comienza en el corazón.
Jesús lo explicó claramente:
«Todo el que mira a una mujer para codiciarla ya adulteró con ella en su corazón» (Mateo 5:28).
Cristo no espera hasta que el pecado se haga visible.
Él va al lugar donde nacen las decisiones: el corazón.
El adulterio produce una contradicción fundamental:
El matrimonio promete exclusividad mientras que la infidelidad introduce duplicidad.
La relación matrimonial necesita una estructura básica de seguridad: «Puedo confiar en que tú eres quien dices ser y en que nuestro pacto tiene significado».
La infidelidad introduce una realidad opuesta: «Lo que creía seguro puede no serlo».
Por eso la infidelidad no afecta únicamente el comportamiento sexual. Afecta la arquitectura psicológica de la confianza.
La persona traicionada puede comenzar a preguntarse:
¿Qué otras cosas me ha ocultado?
¿Cuándo comenzó?
¿Por qué no me lo dijo?
¿Qué tenía la otra persona que yo no tenía?
¿Puedo volver a confiar?
¿Qué parte de nuestra historia era verdadera?
La herida del adulterio, por tanto, puede extenderse mucho más allá del acto sexual.
La inmoralidad sexual cambia la lógica del matrimonio
El matrimonio se construye sobre una lógica de entrega: «Yo me entrego a ti».
La inmoralidad sexual introduce una lógica diferente: «Yo utilizo al otro para satisfacer mi deseo».
Aquí aparece una de las amenazas más profundas para el matrimonio. La sexualidad deja de ser expresión de amor, intimidad y compromiso para convertirse en instrumento de gratificación individual. La advertencia de este pasaje muestra que la intimidad conyugal no debe convertirse en una licencia para satisfacer pasiones desordenadas; es decir, el matrimonio no santifica automáticamente el egoísmo sexual.
2. José: la fidelidad cuando nadie está mirando
Pensemos en José.
La esposa de Potifar intentó seducirlo.
José podía haber pensado: «Nadie se enterará».
Pero respondió: «¿Cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?» (Génesis 39:9).
¡Qué extraordinaria respuesta!
José no dijo: «¿Qué pensará Potifar?»
Dijo: «¿Cómo pecaría contra Dios?»
Ahí está la esencia de la fidelidad cristiana.
La fidelidad no depende de quién está mirando.
Depende de saber que Dios está mirando.
Porque la verdadera fidelidad no necesita cámaras de seguridad, ella vive delante de Dios.
Hebreos añade: «…Porque a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios».
El verbo κρινεῖ (krinei), «juzgará», procede de κρίνω (krínō), juzgar, evaluar o emitir juicio. (F. F. Bruce, The Epistle to the Hebrews, rev. ed., New International Commentary on the New Testament (Grand Rapids, MI: William B. Eerdmans Publishing Company, 1990), comentario sobre Hebreos 13:4.
El orden griego coloca ὁ θεός (ho Theós) al final: «juzgará Dios».
Esta posición final proporciona énfasis.
La idea es teológicamente poderosa: Aunque determinadas conductas puedan escapar del juicio humano, no escapan al juicio de Dios.
El autor no fundamenta la ética sexual únicamente en consecuencias sociales, psicológicas o comunitarias. Existe una dimensión teológica y escatológica: Dios ve, Dios conoce y Dios juzga.
La pregunta cristiana no es solamente: «¿Puedo hacerlo sin que mi cónyuge lo sepa?»
La pregunta es: «¿Estoy dispuesto a hacerlo delante de Dios?»
Esta afirmación introduce una dimensión que no puede reducirse a las consecuencias psicológicas o sociales del adulterio.
Puede existir una infidelidad que nadie descubre.
Puede existir una conducta que socialmente se oculte.
Puede existir una traición que jamás llegue a un tribunal humano.
Pero el autor afirma: Dios juzga.
La fidelidad matrimonial, por tanto, no depende exclusivamente de la vigilancia del cónyuge.
El verdadero fundamento de la fidelidad es teológico:
El cónyuge cristiano permanece fiel porque reconoce que su matrimonio existe delante de Dios.
Es decir, la fidelidad matrimonial debe estar protegida contra el egoísmo, la sensualidad y cualquier conducta que destruya la confianza entre los esposos.
Esta perspectiva cambia radicalmente la pregunta.
No es: «¿Me descubrirán?»
Sino: «¿Estoy siendo fiel delante de Dios?»
La fidelidad cristiana comienza allí donde termina la necesidad de vigilancia humana.
3. La fidelidad no es solamente sexual
"Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella". Efesios 5:25.
La fidelidad también significa:
ser fiel con las palabras;
ser fiel con las promesas;
ser fiel con el tiempo;
ser fiel con la privacidad del matrimonio;
ser fiel con las conversaciones;
ser fiel con las responsabilidades;
ser fiel cuando el otro está débil;
ser fiel cuando desaparece la emoción inicial.
Elena White aconseja a los esposos mantener su lealtad a los votos matrimoniales y ser cuidadosos para no alimentar pensamientos o conductas incompatibles con la fidelidad.
"Sea Ud. tan fiel a sus votos matrimoniales que se niegue, tanto en el pensamiento como por palabras o acciones, a mancillar su caso de hombre que teme a Dios y acata sus mandamientos". HC, 80.
Si el matrimonio es honorable, entonces aquello que atenta contra su integridad no es una cuestión secundaria: constituye una violación de algo que Dios considera valioso.
Y amonesta a ser tan fieles como el acero a los votos matrimoniales.
"Hay tantas señoritas atrevidas y mujeres audaces que tienen la facultad de hacerse notar, poniéndose en la compañía de hombres jóvenes, invitando las atenciones y flirteos de hombres casados y solteros, que a menos que Ud. se concentre en Cristo y sea firme como el acero, será arrastrado a la red de Satanás". HC, 270.
El matrimonio no necesita dos personas perfectas; necesita dos personas decididas a permanecer fieles.
4. Una pregunta para el corazón
Quizá alguien diga: "Pastor, yo nunca he cometido adulterio".
Pero la pregunta de Hebreos es más profunda:
¿Estoy honrando mi matrimonio?
¿Mi esposo se siente honrado por mí?
¿Mi esposa se siente valorada por mí?
¿Mi teléfono tiene conversaciones que mi cónyuge no debería leer?
¿Hay alguien que conoce emocionalmente cosas de mí que mi esposo o esposa desconoce?
¿Estoy protegiendo la intimidad de mi matrimonio?
¿Estoy alimentando algo que todavía no se ha convertido en pecado visible, pero que ya está debilitando mi fidelidad?
Pero Hebreos no termina hablando de la fidelidad sexual.
De repente cambia de tema.
Pasa del dormitorio… a la billetera.
¿Por qué?
Porque hay otra fuerza que puede entrar silenciosamente en el hogar.
La avaricia.
II. CONTENTAMIENTO: «SEAN VUESTRAS COSTUMBRES SIN AVARICIA»
"Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora". Hebreos 13:5 dice:
Puede traducirse: «Sea vuestra conducta libre del amor al dinero, estando satisfechos con lo que tenéis; porque él mismo ha dicho: “Nunca te dejaré ni jamás te abandonaré”».
Aquí aparece una transición sorprendente.
El versículo anterior hablaba de sexualidad y este habla de dinero.
¿Por qué?
Porque ambos pueden convertirse en expresiones de deseos que dominan al ser humano.
La palabra griega ἀφιλάργυρος (aphilárgyros) significa literalmente «sin amor al dinero». Está formado por a- («sin») y philargyros («amante de la plata»).
El problema no es simplemente tener dinero, sino amarlo. El problema es la relación afectiva y dominadora con el dinero.
El problema no es tener dinero. El problema es cuando el dinero comienza a tenernos a nosotros.
Esto es importante porque una familia puede poseer pocos bienes y, sin embargo, vivir dominada por la avaricia; y otra puede poseer muchos bienes sin convertirlos en el centro de su existencia. Es decir, el dinero puede ser un recurso legítimo; lo que Hebreos confronta es convertirlo en objeto de amor, seguridad o confianza.
La pregunta bíblica no es solamente: «¿Cuánto dinero tiene la familia?»
Sino: «¿Qué lugar ocupa el dinero en el corazón de la familia?»
Por ello, también es importante recordar que el dinero es un excelente siervo, pero un mal patrón.
Jesús dijo: «Ninguno puede servir a dos señores… No podéis servir a Dios y a las riquezas» (Mateo 6:24).
1. Cuando el dinero entra al matrimonio
El dinero puede ser una bendición. Cuando el dinero ocupa el centro de la vida familiar, aparecen fácilmente fenómenos como:
- comparación;
- competencia;
- control financiero;
- insatisfacción;
- consumismo;
- endeudamiento irresponsable;
- ocultamiento de gastos;
- conflictos sobre prioridades;
- instrumentalización del cónyuge.
La avaricia introduce una lógica incompatible con el matrimonio cristiano.
Erich Fromm distinguió célebremente entre las orientaciones del tener y del ser. Su crítica del materialismo moderno puede aplicarse al matrimonio: cuando la identidad se construye alrededor de lo que se posee, las relaciones corren el riesgo de convertirse también en relaciones de posesión. (Erich Fromm, To Have or to Be? (New York: Harper & Row, 1976), 13–15).
La avaricia transforma la pregunta: «¿Cómo podemos construir nuestra vida juntos?»
en: «¿Qué puedo obtener de esta relación?»
Y cuando esa lógica penetra en el matrimonio, el cónyuge puede comenzar a ser valorado por su capacidad económica, su productividad, su estatus o aquello que puede proporcionar.
Esta diferencia es decisiva.
El matrimonio no puede ser una empresa dedicada permanentemente a alcanzar el próximo nivel de consumo.
Una familia puede tener metas económicas y, al mismo tiempo, cultivar contentamiento.
Puede aspirar a mejorar su vivienda sin despreciar el hogar que posee.
Puede buscar mejores ingresos sin medir el valor del cónyuge por su salario.
Puede ahorrar para el futuro sin sacrificar completamente el presente.
El psicólogo clínico Brad Klontz ha señalado que los problemas relacionados con el dinero pueden estar vinculados con creencias profundas y patrones emocionales que las personas no siempre reconocen conscientemente. (Rebecca Voelker, “Money Matters,” Monitor on Psychology 43, no. 9 (October 2012). El artículo recoge la perspectiva clínica de Brad Klontz acerca de la relación entre problemas económicos y síntomas emocionales en parejas).
La persona avara no necesariamente dice: «Quiero dinero porque amo los billetes».
En el fondo puede estar diciendo:
«Si tengo suficiente dinero, nadie podrá hacerme daño».
«Si tengo suficiente dinero, finalmente seré alguien».
«Si poseo suficiente, nunca dependeré de nadie».
La psicología pregunta: «¿Qué necesidad emocional está intentando satisfacer esta conducta?»
Hebreos pregunta: «¿En quién estás colocando tu confianza?»
El matrimonio dice: «Compartimos nuestra vida».
La avaricia dice: «Lo mío es mío».
El matrimonio dice: «Busquemos juntos el bien».
La avaricia dice: «Busco mi beneficio».
El matrimonio dice: «Confío en ti».
La avaricia puede producir: «Necesito controlar lo que tienes».
De esta manera, la avaricia no afecta solamente la economía familiar. Afecta la relación interpersonal.
Una investigación de la American Psychological Association encontró que el 31 % de los adultos estadounidenses que tenían pareja identificaba el dinero como una fuente importante de conflicto en su relación.
No significa que todas las familias tengan el mismo problema, ni que el dinero sea la principal causa de conflicto en todos los contextos. Pero muestra algo importante: el dinero no solamente afecta el bolsillo; puede afectar la relación.
Una pareja puede comenzar diciendo: «Tenemos problemas financieros».
Y terminar diciendo: «Tenemos problemas matrimoniales».
2. El problema no siempre es cuánto tenemos
Dos familias pueden tener exactamente el mismo ingreso.
Una puede vivir con gratitud.
La otra puede vivir en permanente frustración.
¿Por qué?
Porque el problema no siempre está en la cantidad.
Está en la percepción.
La avaricia siempre dice: «Necesito más».
El contentamiento dice: «Puedo agradecer por lo que Dios me ha dado mientras sigo trabajando responsablemente por lo que necesito».
La respuesta de Hebreos es:
ἀρκούμενοι τοῖς παροῦσιν - arkoumenoi tois parousin = estando satisfechos, contentándose, considerando suficiente.
La primera palabra procede de ἀρκέω (arkéō), «bastar», «ser suficiente», «estar satisfecho». (William L. Lane, Hebrews 9-13, Word Biblical Commentary 47B (Dallas, TX: Word Books, 1991), comentario sobre Hebreos 13:5).
La idea puede expresarse: «Vivan cultivando continuamente el contentamiento». Es decir, lo que Dios me dado no tiene que ser despreciado simplemente porque otro posee más. Así, la comunidad cristiana debía aprender a encontrar su seguridad fundamental en Dios y no en los recursos materiales o en el estatus social.
No permitas que aquello que todavía no tienes destruya tu gratitud por aquello que actualmente tienes.
La sociedad contemporánea intensifica el problema de la avaricia mediante la comparación.
Las redes sociales pueden producir una experiencia permanente de insuficiencia:
«Ellos tienen una casa mejor».
«Ellos viajan más».
«Ellos tienen un automóvil mejor».
«Ellos parecen más felices».
La comparación alimenta la insatisfacción.
El contentamiento bíblico constituye una forma de resistencia espiritual frente a esta cultura.
Hebreos no dice: «Tengan lo que tienen los demás».
Dice: «Estén contentos con lo que tienen».
La diferencia es radical.
El matrimonio necesita aprender a construir su propia historia en lugar de vivir intentando reproducir la historia de otros.
El autor no está promoviendo irresponsabilidad económica ni pobreza voluntaria. Está confrontando una actitud interior: «Nunca tengo suficiente».
La avaricia convierte el presente en una permanente insuficiencia. 'Lo que tengo nunca es suficiente'
El matrimonio puede caer en esa misma dinámica:
«Cuando tengamos más dinero seremos felices».
«Cuando tengamos una casa mejor estaremos tranquilos».
«Cuando podamos comprar esto estaremos completos».
«Cuando alcancemos determinado nivel social, nuestra familia estará realizada».
Pero Hebreos responde: «Contentos con lo que tenéis ahora». Es decir, la vida es suficiente porque Dios está conmigo.
¿Por qué?
Porque inmediatamente aparece el fundamento: «No te desampararé, ni te dejaré». En otras palabras, Dios dice: De ninguna manera te dejaré, te soltaré o te abandonaré.
La seguridad cristiana no procede primordialmente de la cantidad de bienes, sino de la presencia de Dios. Cuando sabes quien te sostiene, no necesitas poseerlo todo.
No dice: Conténtate porque tienes dinero
Dice: Conténtate porque tienes a Dios.
Pablo escribió: «He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación» (Filipenses 4:11).
Observe la palabra: aprendido.
El contentamiento no siempre aparece naturalmente. Se aprende.
3. Una ilustración: la cinta de correr
Imagine a alguien corriendo sobre una máquina de ejercicio.
Corre.
Corre.
Corre.
Está cansado.
Está sudando.
Pero no avanza un solo metro.
Así puede funcionar la vida familiar cuando la felicidad depende de alcanzar siempre el siguiente nivel.
«Cuando tengamos una casa más grande…»
«Cuando tengamos un automóvil mejor…»
«Cuando ganemos más…»
«Cuando podamos viajar…»
«Cuando nuestros hijos tengan esto…»
Y llega el momento… y aparece otro «cuando».
La familia corre. Pero no llega.
Si nuestra felicidad siempre depende de lo próximo que vamos a obtener, nunca disfrutaremos lo que Dios ya nos dio.
Lamentablemente, la creciente dedicación a obtener dinero y el egoísmo producido por el deseo de ganancias pueden debilitar la espiritualidad. La preocupación de Pablo no consiste simplemente en condenar la prosperidad. Su preocupación es que los intereses temporales terminen ocupando el lugar de Dios.
Cuando el dinero se convierte en el centro de la familia:
el cónyuge puede convertirse en proveedor antes que compañero;
el hogar puede convertirse en proyecto económico antes que comunidad de amor;
los hijos pueden convertirse en inversión antes que personas;
y la espiritualidad puede convertirse en un accesorio.
Por eso la enseñanza de Hebreos 13:5 resulta especialmente pertinente: El matrimonio no puede estar fundamentado en la abundancia material.
Elena White escribió:
«El contentamiento con cosas sencillas hará feliz el hogar si allí existe amor».
¡Qué extraordinario!
No dice: «La riqueza hará feliz el hogar».
Dice: «El amor».
4. La familia no necesita más cosas; necesita más presencia.
«Y estas palabras… estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos…» Deuteronomio 6:6- 7
¿Dónde se transmiten los valores?
En el hogar.
No principalmente mediante discursos.
Mediante la vida.
Nuestros hijos observan:
cómo hablamos del dinero;
cómo tratamos al cónyuge;
cómo reaccionamos cuando no podemos comprar algo;
cómo respondemos cuando otra familia tiene más;
si damos gracias;
si compartimos;
si vivimos comparándonos.
Ellos están aprendiendo nuestra teología económica.
Los hijos no solamente heredan lo que dejamos; también heredan aquello que aprendieron que debía ser amado.
5. Contentamiento no significa mediocridad
Sin embargo, debemos aclararlo.
Contentamiento no significa:
«No importa trabajar».
«No importa progresar».
«No importa planificar».
«No importa educar a nuestros hijos».
Significa: «Mi paz no depende de tener todo lo que deseo».
Puedo trabajar y estar contento.
Puedo ahorrar y estar contento.
Puedo aspirar a mejorar y estar contento.
Puedo tener metas y estar contento.
Porque mi seguridad final no está en mis bienes. Está en Dios.
Y aquí llegamos al corazón del pasaje.
Porque después de hablar de fidelidad…
después de hablar de dinero…
Hebreos nos lleva a una promesa.
No te dejaré.
No te abandonaré.
Y entonces aparece la tercera columna del hogar: la confianza.
III. CONFIANZA: «EL SEÑOR ES MI AYUDADOR»
«Porque él dijo: “No te desampararé, ni te dejaré”. De manera que podemos decir confiadamente: “El Señor es mi ayudador; no temeré”». Hebreos 13:5, 6.
Literalmente sería:
«De modo que podemos decir confiadamente: “El Señor es mi ayudador; no temeré. ¿Qué puede hacerme el ser humano?”»
Aquí aparece la conclusión lógica.
Si Dios no abandona al creyente: → entonces puede vivir sin avaricia.
Si Dios es su ayudador: → entonces puede vivir sin temor.
El verbo φοβηθήσομαι (phobēthēsοmai) significa «temeré».
Aquí encontramos otro elemento que puede afectar profundamente la vida matrimonial: el miedo.
Un matrimonio puede deteriorarse no solamente por la infidelidad o el dinero, sino por el temor.
Temor a:
ser abandonado;
al rechazo
a la pobreza
perder al cónyuge;
perder seguridad económica;
expresar desacuerdo;
hablar de problemas;
establecer límites;
a la soledad;
reconocer errores;
pedir ayuda;
a perder autoridad;
decir la verdad;
a no ser suficiente.
Cuando el miedo domina la relación, puede producir conductas de control.
Una persona puede intentar controlar:
las amistades del cónyuge;
el dinero;
el teléfono;
los horarios;
la manera de vestir;
las decisiones;
la comunicación;
incluso las emociones del otro.
El control puede parecer seguridad, es desconfianza.
Cuando el miedo gobierna la relación, la honestidad disminuye. Y cuando desaparece la honestidad, disminuye la intimidad.
La investigación contemporánea sobre relaciones confirma la importancia de los patrones de interacción que sostienen o deterioran la confianza.
John Gottman identificó cuatro patrones especialmente destructivos de comunicación:
crítica;
desprecio;
defensividad;
bloqueo o retirada emocional. (John Gottman and Robert W. Levenson, investigaciones sobre interacción marital resumidas por The Gottman Institute, “Marriage and Couples—Research.” Los estudios longitudinales de Gottman y Levenson identificaron patrones de interacción relacionados con estabilidad y disolución de las relaciones.
Los denominó metafóricamente «los cuatro jinetes del Apocalipsis». Su investigación longitudinal encontró asociaciones importantes entre estos patrones y la estabilidad o disolución de las relaciones.
Particularmente significativo es el desprecio. Gottman lo describe como una comunicación desde una posición de superioridad moral, mediante sarcasmo, ridiculización, insultos o gestos de desprecio.
Una frase atribuida a la perspectiva terapéutica de Gottman puede resumir el principio:
No es la existencia del conflicto lo que destruye necesariamente una relación, sino la manera en que los cónyuges manejan el conflicto. (John Gottman and Nan Silver, The Seven Principles for Making Marriage Work (New York: Crown Publishers, 1999), 27–35).
Esta observación dialoga con Hebreos 13:4. El matrimonio necesita algo más que ausencia de adulterio: necesita una cultura permanente de honor.
Hay una palabra que se repite en el fondo de todo este pasaje: seguridad. La confianza cristiana no nace de: Tengo suficiente, sino de Dios está conmigo.
La persona que es infiel busca seguridad fuera del pacto.
La persona avara busca seguridad en lo que posee.
La persona dominada por el temor busca seguridad controlándolo todo.
Pero Dios dice: «Yo soy tu seguridad».
Hay una diferencia fundamental entre respeto y temor esclavizante.
El respeto reconoce la dignidad del otro.
El miedo destructivo obliga a una persona a someter su conciencia para evitar consecuencias.
El matrimonio necesita seguridad, pero la seguridad no puede convertirse en control despiadado.
Por eso la declaración: «El Señor es mi ayudador» posee una profunda relevancia matrimonial.
El creyente no necesita manipular ni controlar al otro para garantizar su seguridad.
Su seguridad última está en Dios.
«El Señor es mi ayudador» — Κύριος ἐμοὶ βοηθός
Κύριος - Kýrios = Señor.
ἐμοί - emoí = para mí, a mí.
βοηθός - boēthós = ayudador, quien auxilia.
Κύριος ἐμοὶ βοηθός - Kýrios emoì boēthós - «El Señor es mi ayudador».
La expresión tiene una dimensión profundamente personal.
No dice simplemente: «Dios ayuda».
Dice: «Dios es mi ayudador».
La fe bíblica pasa de una afirmación doctrinal a una confianza personal.
Esto también establece un límite teológico al poder del cónyuge.
El matrimonio concede influencia, intimidad y responsabilidades mutuas, pero ningún cónyuge puede ocupar el lugar de Dios.
La relación atrimonial debe estar marcada por el amor desinteresado y el respeto mutuo.
"Ni el marido ni la mujer deben fundir su individualidad en la del cónyuge. Cada cual tiene su relación personal con Dios. A él tiene que preguntarle cada uno: “¿Qué es bueno? ¿Qué es malo? ¿Cómo cumpliré mejor el propósito de la vida?” Fluya el caudal del cariño de cada uno hacia Aquel que dio su vida por ellos. Considérese a Cristo el primero, el último y el mejor en todo. En la medida en que su amor a Cristo se profundice y fortalezca, se purificará y fortalecerá su amor mutuo". MC, 279.
1. Abraham y Sara: cuando el temor entra en la familia
Pensemos en Abraham y Sara.
Dios había prometido descendencia.
Pero pasó el tiempo.
La promesa parecía tardar.
Y cuando el ser humano comienza a desesperarse porque Dios parece tardar, puede intentar producir con sus propias manos aquello que Dios prometió hacer. El resultado fue conflicto.
La historia de Abraham y Sara nos recuerda algo:
El temor puede hacer que intentemos controlar aquello que deberíamos entregar a Dios.
Cuántos conflictos familiares nacen de esa misma lógica.
«Si no controlo a mi hijo, se perderá».
«Si no controlo a mi esposa, me abandonará».
«Si no controlo el dinero, estaremos arruinados».
«Si no controlo todo, algo terrible sucederá».
Pero el control no produce confianza. Produce cansancio. Por eso, es posible que, en muchos casos, la seguridad matrimonial crezca cuando disminuya la necesidad de controlar.
2. Elías: cuando el miedo habla más fuerte que la fe
Elías había enfrentado a los profetas de Baal.
Había visto fuego descender del cielo.
Pero después recibió una amenaza de Jezabel.
Y el hombre que acababa de enfrentar públicamente a cientos de profetas huyó.
1 Reyes 19 muestra a Elías escondido, agotado y atemorizado.
¿Qué hizo Dios?
No lo destruyó.
No lo humilló.
No le dijo: «¿Cómo puedes tener miedo después de lo que acabas de ver?»
Dios lo cuidó.
Le dio descanso.
Le dio alimento.
Y después volvió a hablarle.
Qué hermosa imagen de la manera en que Dios trata con sus hijos.
A veces la fe no consiste en gritar más fuerte; consiste en permitir que Dios vuelva a hablarnos en medio de nuestro cansancio.
La persona que confía puede:
Amar sin poseer.
Puede dar sin exigir.
Puede escuchar sin defenderse.
Puede corregir sin humillar.
Puede disentir sin amenazar.
Puede perdonar sin negar el daño.
3. El miedo también puede entrar en el matrimonio
Un esposo puede tener miedo de perder a su esposa.
Una esposa puede tener miedo de ser abandonada.
Un padre puede tener miedo del futuro de sus hijos.
Una madre puede tener miedo de equivocarse.
Y cuando el miedo no se entrega a Dios, puede convertirse en:
control,
celos,
silencio,
ira,
sobreprotección,
desconfianza.
Por eso la promesa de Hebreos es tan poderosa: «No te desampararé, ni te dejaré».
Si mi conducta genera miedo, debo revisar mi manera de ejercer poder. Porque La espiritualidad matrimonial no consiste simplemente en orar juntos. También consiste en crear una relación en la que el carácter de Cristo pueda hacerse visible.
La investigación de la APA también señala que muchas parejas no comparten de manera equitativa la toma de decisiones financieras. En la encuesta citada, solamente 33 % de los encuestados indicó que ambos miembros de la pareja compartían por igual la toma de decisiones financieras, mientras que 23 % afirmó que la administración de las finanzas domésticas se compartía igualmente. (American Psychological Association, “Happy Couples: How to Avoid Money Arguments.” La misma encuesta informó que 33 % de los encuestados afirmaba compartir por igual la toma de decisiones financieras y 23 % señalaba una administración igualmente compartida de las finanzas domésticas).
Estos datos no deben interpretarse como una regla universal. Pertenecen a una población estadounidense y corresponden a una encuesta específica. Sin embargo, plantean una cuestión importante: ¿Quién tiene el poder económico dentro del matrimonio?
El dinero puede convertirse en una forma silenciosa de autoridad.
«Yo gano más» puede transformarse en: «Mi opinión vale más».
«Yo administro el dinero» puede convertirse en: «Yo decido».
«Yo pago todo» puede terminar significando: «Tú dependes de mí».
La perspectiva bíblica del matrimonio confronta esta lógica de dominio.
La pregunta deja de ser: «¿Cuánto puedo acumular?»
para convertirse en: «¿Cómo puedo administrar responsablemente aquello que Dios me confió?»
Esto transforma también la economía matrimonial.
El dinero deja de ser un instrumento de poder y se convierte en un recurso para:
sostener la familia;
educar a los hijos;
servir a otros;
atender necesidades;
desarrollar proyectos;
apoyar la misión;
disfrutar responsablemente de las bendiciones de Dios.
Así, el matrimonio pasa de una economía de posesión a una economía de mayordomía.
4. Cristo debe ser el centro, no el cónyuge
Esto puede parecer extraño.
¿No debemos depender el uno del otro?
Sí.
Pero hay una diferencia entre apoyarnos mutuamente y convertir al otro en nuestro salvador.
Tu esposo no puede ser tu salvador.
Tu esposa no puede ser tu salvadora.
Tus hijos no pueden ser tus salvadores.
Tu salario no puede ser tu salvador.
Tu reputación no puede ser tu salvador.
Solamente Cristo puede ocupar ese lugar.
Por eso Elena White escribió:
«El marido y la mujer deben estar unidos… bajo Jesucristo, teniendo a Él para que los controle y su Espíritu para que los guíe».
Y en otro lugar afirma: «Donde reina el Espíritu de Dios, habrá unión y amor en el hogar».
El matrimonio funciona mejor cuando dos personas dejan de pedirle al otro que ocupe el lugar que solamente Cristo puede ocupar.
5. Pedro caminando sobre el agua
Mateo 14 presenta otra ilustración extraordinaria.
Pedro caminó sobre el agua mientras miraba a Jesús.
Pero cuando miró el viento: «tuvo miedo».
Y comenzó a hundirse.
¿Qué cambió?
No cambió el agua.
No cambió el viento.
Cambió su mirada.
Mientras miraba a Jesús: confianza.
Cuando miró la tormenta: miedo.
Esto ocurre también en nuestras familias.
Cuando solamente miramos:
las deudas;
los problemas;
los hijos;
las diferencias;
las heridas;
el futuro;
podemos hundirnos.
Pero cuando volvemos los ojos hacia Cristo: «Señor, ayúdame».
La tormenta quizá todavía esté allí.
Pero ya no estamos solos en ella.
6. Una frase que puede salvar un matrimonio
Hay tres palabras que muchas familias necesitan recuperar: «Cristo está aquí».
Cuando hay discusión: Cristo está aquí.
Cuando falta dinero: Cristo está aquí.
Cuando aparece la tentación: Cristo está aquí.
Cuando tenemos miedo: Cristo está aquí.
Cuando no sabemos qué hacer con nuestros hijos: Cristo está aquí.
Cuando pensamos que nuestro matrimonio no tiene solución: Cristo está aquí.
Y Hebreos dice:
«El Señor es mi ayudador».
No: «Yo puedo solo».
No: «Nosotros podemos arreglarlo todo».
Sino: «El Señor es mi ayudador».
El futuro expresa una determinación: «No viviré dominado por el miedo».
El miedo aquí se relaciona inmediatamente con: «¿Qué puede hacerme el hombre?»
Por eso la exhortación no significa que el cristiano nunca experimente miedo. Significa que el temor al ser humano no debe gobernar su conducta.
La respuesta no significa que los seres humanos sean incapaces de causar daño. Hebreos conoce perfectamente el sufrimiento, la persecución y el encarcelamiento.
La pregunta significa: ¿Qué poder tiene finalmente el ser humano frente al Dios que sostiene mi vida?
CONCLUSIÓN
Aquí puede encontrarse la unidad profunda de Hebreos 13:4–6.
Hebreos 13:4 - SEXO - La inmoralidad dice: «Necesito satisfacer mi deseo».
Hebreos 13:5 - DINERO - La avaricia dice: «Necesito poseer más».
Hebreos 13:6 - TEMOR - El temor dice «Necesito controlar lo que puede suceder».
Las tres expresiones tienen una raíz común: la dificultad humana para confiar plenamente en Dios.
La inmoralidad busca satisfacción fuera de los límites establecidos por Dios.
La avaricia busca seguridad en la acumulación.
El temor busca seguridad en el control.
El matrimonio:
Necesita intimidad sexual, pero la intimidad no puede convertirse en explotación.
Necesita estabilidad económica, pero la estabilidad no puede convertirse en avaricia.
Necesita compromiso, pero el compromiso no puede convertirse en posesión.
El evangelio responde: Dios es suficiente.
Desde una perspectiva teológica, la inmoralidad, la avaricia y el temor pueden convertirse en formas de idolatría.
La inmoralidad idolatra el deseo.
El deseo dice: «Esto debe ser satisfecho, aunque contradiga la voluntad de Dios».
La avaricia idolatra la seguridad material.
El dinero dice: «Con suficiente riqueza estaré seguro».
El temor idolatra el control.
El miedo dice: «Si controlo todo, estaré seguro».
Pero Hebreos responde: Dios es suficiente.
Este es probablemente el centro teológico de todo el pasaje.
Por eso los tres versículos forman una progresión extraordinariamente coherente:
fidelidad sexual → contentamiento económico → confianza espiritual.
Desde esta perspectiva, el matrimonio puede convertirse en una escuela de confianza en Dios.
Desde una perspectiva sistémica, el problema matrimonial no siempre reside exclusivamente en un individuo. Muchas veces existe un patrón relacional.
Así:
infidelidad → desconfianza → vigilancia → ocultamiento → mayor desconfianza.
problemas económicos → ansiedad → discusiones → defensividad → aislamiento → más problemas económicos.
miedo → control → resistencia → conflicto → mayor miedo.
El objetivo terapéutico no consiste simplemente en identificar al «culpable», sino en comprender el ciclo y modificarlo.
Anthony Chambers, psicólogo especializado en parejas y familia, destaca que problemas como dinero, fidelidad, hijos y estrés cotidiano forman parte de los asuntos que frecuentemente llevan a las parejas a buscar ayuda profesional. (American Psychological Association, “Relationship Advice from a Couple Psychologist,” entrevista con Anthony Chambers, Speaking of Psychology. Chambers señala dinero, fidelidad, salud, hijos y estrés cotidiano entre los problemas que pueden llevar a las parejas a buscar ayuda profesional).
Esto no sustituye la dimensión espiritual, pero puede ayudar a la iglesia a comprender que determinados conflictos matrimoniales requieren también herramientas especializadas.
El matrimonio saludable:
No elimina todos los deseos. Aprende a ordenarlos.
No elimina todas las diferencias económicas. Aprende a administrarlas cooperativamente.
No elimina todos los conflictos. Aprende a resolverlos sin destruir la dignidad del otro.
No elimina toda incertidumbre. Aprende a convivir con cierta incertidumbre sin convertirla en control.
No elimina todo temor. Aprende a llevarlo delante de Dios.
Por eso la afirmación de Hebreos 13:6 constituye una excelente conclusión antropológica:
«El Señor es mi ayudador; no temeré».
La persona que confía en Dios puede dejar de exigir que el cónyuge sea simultáneamente amante, proveedor, protector, terapeuta, salvador y garante absoluto de felicidad. El cónyuge puede volver a ser simplemente - y extraordinariamente - compañero de vida.
Viktor Frankl escribió:
«El amor es la única manera de aprehender a otro ser humano en lo más profundo de su personalidad». (Viktor E. Frankl, Man’s Search for Meaning, trans. Ilse Lasch (Boston: Beacon Press, 2006), 111.
Esta afirmación puede iluminar el concepto bíblico de matrimonio.
Amar no es simplemente desear al otro.
Amar es ver al otro.
La inmoralidad sexual reduce al otro a objeto de deseo.
La avaricia puede reducirlo a instrumento de seguridad.
El temor puede reducirlo a objeto de control.
El amor auténtico hace lo contrario: reconoce al otro como persona.
Por eso Hebreos 13:4–6 puede interpretarse como una defensa de la dignidad personal dentro del matrimonio.
La inmoralidad dice: 'Necesito satisfacer mi deseo'. La fidelidad sexual enseña: «No necesito satisfacer todo deseo inmediatamente». Pablo no dice: Sé sexualmente puro porque Dios te castigará. Sino: No permitas que el deseo sexual gobierne tu fidelidad. La santidad sexual consiste en únicamente evitar pecados; consiste en honrar aquellos que Dios estableció como bueno. Honra el matrimonio, porque Dios juzga.
La avaricia dice: "Necesito poseer más". El contentamiento enseña: «No necesito poseer todo lo que deseo». Pablo no dice: No seas avaro porque Dios podría quitarte tus bienes. Sino: No permitas que el deseo material gobierne tu contentamiento. La verdadera riqueza comienza cuando el creyente deja de medir su vida exclusivamente por aquello que posee. Conténtate con lo que tienes, sé libre de la avaricia porque Dios está contigo.
El temor dice: "Necesito controlar más". La confianza enseña: «No necesito controlar todo lo que temo». Pablo no dice: No tengas miedo porque eres suficientemente fuerte. Sino: No permitas que el ser humano gobierne tu confianza. La seguridad definitiva del cristiano no procede de sus bienes, posición, relaciones o circunstancias, sino de la presencia de Dios. Confía en Dios. No temas porque Dios es tu ayudador.
En los tres casos aparece una cuestión fundamental: ¿Quién gobierna al creyente?
El autor responde: Dios.
La fe responde: "El Señor es mi ayudador"
Estos tres principios forman una misma disciplina espiritual: aprender a vivir sin ser gobernado por el deseo. Nuestro comportamiento nace de una determinada visión de Dios.
Esto encaja perfectamente con la estructura general de la epístola.
Hebreos comienza mostrando quién es Cristo:
superior a los profetas,
superior a los ángeles,
superior a Moisés,
superior a Josué,
superior al sacerdocio levítico,
y mediador de un pacto superior.
Después de presentar esa realidad doctrinal, el autor llega a las exhortaciones prácticas.
En otras palabras: La ética de Hebreos 13 nace de la cristología de Hebreos 1-12.
No se trata simplemente de: «Compórtate bien».
Es: «Porque Cristo es quien es y porque Dios ha hablado y permanece contigo, vive de una manera coherente con esa realidad».
Bruce destaca precisamente la transición de la exposición doctrinal de Hebreos hacia las exhortaciones concretas de la sección final. (F. F. Bruce, The Epistle to the Hebrews, rev. ed., New International Commentary on the New Testament (Grand Rapids, MI: William B. Eerdmans Publishing Company, 1990), comentario sobre Hebreos 13:1-6).
Esto es especialmente relevante porque tanto la inmoralidad como la avaricia y el temor pueden transformar al cónyuge en un instrumento.
La inmoralidad puede convertirlo en objeto de placer.
La avaricia puede convertirlo en instrumento económico.
El temor puede convertirlo en objeto de control.
El evangelio hace lo contrario: restaura al cónyuge como persona creada a imagen de Dios. Ante el peligro del egoísmo, cada uno debe procurar el bienestar del otro. El matrimonio requiere una disposición permanente al sacrificio del egoísmo. Los esposos deben procurar la felicidad mutua y cultivar una relación caracterizada por respeto, ternura y consideración.
Este principio puede sintetizarse así: El amor matrimonial no pregunta primero «¿qué puedo obtener?», sino «¿qué puedo aportar al bienestar del otro?». ¿Mi presencia hace que mi cónyuge se sienta más seguro, más digno y más amado?
Los estudios contemporáneos sobre parejas muestran que los conflictos económicos, las formas destructivas de comunicación y los patrones de retirada emocional pueden afectar profundamente la relación. (American Psychological Association, “Happy Couples: How to Avoid Money Arguments”; Gottman and Levenson, investigaciones sobre parejas).
Pero la contribución de Hebreos va más allá de la descripción psicológica: propone una transformación del centro de gravedad de la existencia.
No se trata solamente de enseñar al matrimonio a administrar mejor sus conflictos. Se trata de enseñar a los esposos a vivir delante de Dios.
La fidelidad sexual se vuelve entonces una expresión de adoración.
El contentamiento económico se convierte en una expresión de confianza.
Y la ausencia de temor se convierte en una expresión de fe.
Así: "El amor verdadero es un principio elevado y santo, enteramente diferente en carácter del amor que es despertado por el impulso y que muere repentinamente cuando es severamente probado". HC, 50.
Esta afirmación ofrece una conclusión apropiada. El matrimonio cristiano no puede construirse únicamente sobre el impulso, la posesión o la necesidad de seguridad. Debe construirse sobre un amor suficientemente profundo para permanecer fiel cuando el deseo cambia, suficientemente generoso para compartir cuando los recursos son limitados y suficientemente confiado para no convertir el miedo en control.
Por eso, la enseñanza central de Hebreos 13:4–6 podría resumirse en una sola frase:
Cuando Dios ocupa el centro del matrimonio, el deseo aprende fidelidad, el dinero encuentra su límite y el temor pierde su poder.
Volvamos a la imagen del principio.
Una casa sostenida por tres columnas.
Primera columna: FIDELIDAD
«Honroso sea en todos el matrimonio». Hebreos 13:4.
La fidelidad dice: «Voy a proteger nuestro pacto».
No solamente cuando sea fácil. También cuando aparezca la tentación.
No solamente con mis acciones. También con mis pensamientos.
No solamente cuando estés presente. También cuando estés lejos.
Segunda columna: CONTENTAMIENTO
«Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora». Hebreos 13:5.
El contentamiento dice:
«No voy a permitir que lo que no tengo destruya la gratitud por lo que Dios me dio».
No voy a comparar mi familia con otra.
No voy a medir el valor de mi cónyuge por su salario.
No voy a sacrificar mi familia intentando demostrarle algo al mundo.
Tercera columna: CONFIANZA
«El Señor es mi ayudador; no temeré». Hebreos 13:6.
La confianza dice: «No necesito controlar todo porque Dios sigue teniendo el control».
Una de las formulaciones clásicas acerca del amor conyugal se encuentra en la descripción paulina:
«El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece» (1 Corintios 13:4).
Aunque este texto pertenece a otro contexto literario, su relación con Hebreos 13:4–6 es evidente.
El amor verdadero es:
fiel frente a la inmoralidad;
generoso frente a la avaricia;
confiado frente al temor.
Puede afirmarse, entonces, que el matrimonio cristiano no se sostiene únicamente por sentimientos, sino por virtudes cultivadas deliberadamente.
La culminación de Hebreos 13:4-6 no es: «El matrimonio me protegerá».
Ni: «El dinero me protegerá».
Ni: «Mi cónyuge me protegerá».
La afirmación final es: «El Señor es mi ayudador».
Esto constituye el fundamento de todo el pasaje.
El matrimonio es honorable, porque es de Dios.
Los bienes son útiles, pero no son Dios.
El cónyuge es una bendición, pero no es Dios.
La familia es preciosa, pero no es Dios.
Cuando cualquiera de estas realidades ocupa el lugar que corresponde únicamente a Dios, aparece la desproporción.
Por eso Hebreos 13:4-6 puede interpretarse como una llamada a desidolatrizar el matrimonio.
El matrimonio debe ser honrado, pero no adorado.
El dinero debe ser administrado, pero no amado.
El cónyuge debe ser amado profundamente, pero no convertido en sustituto de Dios.
Hebreos 13:4–6 llama al creyente a ordenar sus deseos, sus bienes y sus temores bajo la confianza en Dios.
«Cuando Dios ocupa el centro, el deseo sexual encuentra su orden en la fidelidad, el deseo material encuentra su límite en el contentamiento y el temor encuentra su respuesta en la confianza».
LA ILUSTRACIÓN INTEGRADORA
Imagine una familia atravesando un puente.
El puente cruza un río profundo.
El padre lleva de la mano a uno de sus hijos.
La madre lleva de la mano al otro.
Pero nadie mira el río.
Todos miran hacia adelante.
¿Por qué?
Porque confían en el puente.
Ahora imaginemos que el puente representa la presencia de Cristo.
La familia no sabe qué habrá después.
No sabe si habrá otra tormenta.
No sabe qué dificultades vendrán.
No sabe qué pasará económicamente.
No sabe cómo serán los próximos años.
Pero sabe algo: el puente es firme.
Y mientras caminan, necesitan tres cosas.
Fidelidad: No soltar la mano.
Contentamiento: No detenerse a comparar su puente con el de otra familia.
Confianza: Seguir caminando aunque no puedan ver todo el camino.
Y aquí está la belleza: el puente no depende de que la familia sea perfecta.
Depende de que el puente sea firme.
Nuestra esperanza no está en que seamos matrimonios perfectos.
Nuestra esperanza está en que Cristo es un Salvador perfecto.
Hebreos 13:4-6 presenta una concepción profundamente integrada de la vida matrimonial.
La inmoralidad sexual, la avaricia y el temor no son problemas completamente independientes. Cada uno amenaza una dimensión fundamental de la relación conyugal.
La inmoralidad amenaza la fidelidad porque convierte el deseo en una autoridad superior al pacto.
La avaricia amenaza la comunión porque transforma los bienes en medida de seguridad y puede convertir al cónyuge en instrumento de satisfacción material.
El temor amenaza la libertad porque puede transformar la relación matrimonial en un espacio de control, silencio e inseguridad.
Frente a estos tres peligros, Hebreos presenta tres virtudes:
honor, contentamiento y confianza.
El matrimonio debe ser honrado porque es una institución establecida por Dios.
La vida debe vivirse con contentamiento porque la seguridad no depende de la acumulación.
Y el corazón puede vivir con confianza porque: «El Señor es mi ayudador».
En consecuencia, la verdadera protección del matrimonio no consiste solamente en establecer reglas contra el adulterio, administrar correctamente el dinero o eliminar los conflictos. Consiste en cultivar una espiritualidad en la que Dios permanezca en el centro.
Podría resumirse el mensaje del pasaje en una sola afirmación:
Cuando el deseo deja de gobernar, el matrimonio recupera la fidelidad;
Cuando el dinero deja de gobernar, recupera la generosidad; y
Cuando el temor deja de gobernar, recupera la confianza.
Y precisamente ahí se encuentra una de las grandes contribuciones de Hebreos 13:4-6 a la teología cristiana del matrimonio: el matrimonio florece cuando ninguno de los cónyuges intenta encontrar en el otro aquello que solamente Dios puede proporcionar.
Elena White expresó esta esperanza de manera extraordinaria:
«Dios quiere que el hogar sea el lugar más feliz de la tierra».
Y también presenta el hogar cristiano como un lugar que puede reflejar el cielo.
Por eso, queridos hermanos:
No abandonemos la casa porque necesita reparación.
Volvamos a Cristo y permitamos que Él la restaure.
Quizá haya una columna dañada.
Quizá la fidelidad necesita reconstruirse.
Quizá el dinero ha producido demasiadas discusiones.
Quizá el miedo ha entrado en la casa.
Pero mientras Cristo siga siendo el centro: hay esperanza.
LLAMADO
¿Dónde está hoy tu familia?
Quiero terminar haciendo algunas preguntas. No las respondas en voz alta. Respóndelas delante de Dios.
Sobre la fidelidad
¿Estoy honrando realmente mi matrimonio?
¿Hay alguna conversación que necesito terminar?
¿Hay alguna relación que necesito poner en su lugar?
¿Hay alguna conducta secreta que necesito confesar?
¿Mi cónyuge puede confiar plenamente en mí?
¿Estoy protegiendo la intimidad de mi matrimonio?
¿Estoy siendo fiel solamente con mi cuerpo o también con mi mente, mis palabras, mis conversaciones y mis afectos?
Sobre el contentamiento
¿Estoy agradeciendo por lo que Dios me ha dado o viviendo obsesionado con lo que todavía no tengo?
¿El dinero está uniendo a mi familia o dividiéndola?
¿Estoy comparando mi hogar con otros?
¿Estoy sacrificando tiempo con mi familia para conseguir cosas que mi familia quizá nunca necesitó?
¿Mis hijos están aprendiendo de mí gratitud o insatisfacción?
¿Podría mi familia tener menos cosas y, sin embargo, tener más felicidad?
Sobre la confianza
¿Qué estoy intentando controlar que debería entregar a Dios?
¿Tengo miedo de perder a alguien?
¿Tengo miedo del futuro?
¿Tengo miedo de la situación económica?
¿Tengo miedo de que mis hijos se equivoquen?
¿Tengo miedo de ser rechazado?
¿Estoy tratando de controlar a mi cónyuge porque no he aprendido a confiar en Dios?
Y finalmente:
¿Está Cristo realmente en el centro de mi hogar?
No solamente en la iglesia.
No solamente en el culto familiar.
No solamente en la Biblia que tenemos en casa.
¿Está Cristo en el centro de nuestras decisiones?
¿En cómo hablamos?
¿En cómo gastamos?
¿En cómo perdonamos?
¿En cómo educamos?
¿En cómo enfrentamos los conflictos?
¿En cómo tratamos al esposo?
¿En cómo tratamos a la esposa?
¿En cómo tratamos a nuestros hijos?
INVITACIÓN FINAL
Si hoy estás casado, toma espiritualmente la mano de tu esposo o esposa.
Y dile, si puedes: "Quiero volver a poner a Cristo en el centro de nuestro hogar».
Si has fallado: Cristo puede perdonar.
Si has herido: Cristo puede restaurar.
Si has perdido la confianza: Cristo puede comenzar a reconstruirla.
Si el dinero ha dividido: Cristo puede enseñar contentamiento.
Si el miedo ha gobernado: Cristo puede devolver la paz.
Y si alguien está pensando:
«Pastor, mi matrimonio está demasiado roto».
Recuerda: El evangelio no existe para familias que ya están perfectas. Existe para pecadores que necesitan un Salvador.
ORACIÓN FINAL
«Señor, vuelve a ser el centro de nuestro hogar»
Señor nuestro Dios y Padre, hoy venimos delante de Ti reconociendo que muchas veces hemos intentado construir nuestros hogares con nuestras propias fuerzas. Hemos buscado seguridad en las personas, en el dinero, en nuestras capacidades y en nuestro propio control, y hemos olvidado que Tú eres nuestro verdadero ayudador. Perdónanos cuando hemos sido infieles en nuestros pensamientos, palabras, afectos o acciones; perdónanos cuando hemos permitido que la avaricia, la comparación y la insatisfacción entren en nuestra familia; perdónanos cuando el temor nos ha llevado a controlar, herir, desconfiar o alejarnos de quienes amamos. Hoy queremos volver a Ti. Entra nuevamente en nuestros hogares. Vuelve a ocupar el centro de nuestros matrimonios. Enséñanos a mirarnos con ternura, a hablarnos con respeto, a perdonarnos con sinceridad y a proteger la confianza que nos has permitido construir. Enseña a los esposos a amar como Cristo ama; enseña a las esposas a responder con la gracia de Cristo; enseña a los padres a reflejar a Cristo ante sus hijos y a los hijos a encontrar en sus hogares un lugar donde puedan conocer el amor de Dios. Donde haya distancia, trae reconciliación. Donde haya heridas, trae sanidad. Donde haya secretos, trae verdad. Donde haya avaricia, trae contentamiento. Donde haya miedo, trae confianza. Y donde parezca que ya no queda esperanza, recuérdanos que Tú todavía estás allí. Que nuestras casas no sean solamente lugares donde vivimos, sino lugares donde Cristo reina; que nuestras mesas sean lugares de comunión; que nuestras habitaciones sean lugares de pureza; que nuestras conversaciones sean espacios de gracia; que nuestros hijos puedan ver en nosotros una representación de tu amor; y que, cuando el mundo mire nuestras familias, pueda encontrar no familias perfectas, sino hogares transformados por Jesucristo. Señor, toma nuevamente nuestras familias en tus manos. Repara lo que nosotros no podemos reparar. Restaura lo que nosotros hemos quebrado. Une lo que nosotros hemos separado. Y enséñanos a caminar juntos hasta aquel día en que nuestra familia terrenal pueda reunirse con la gran familia celestial. En el nombre de Jesús. Amén.
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