Elige la admiración

Texto clave: Salmo 86:8,10
“Entre todos los dioses no hay ninguno como tú, Señor; ni hay obras como las tuyas. Porque tú eres grande y haces maravillas; ¡solo tú eres Dios!”

Introducción

Admiración es una palabra poco mencionada y, muchas veces, poco llevada a la práctica en nuestros días. Vivimos acelerados. Distraídos. Demasiado ocupa- dos para darnos cuenta. Y es precisamente esa falta de sensibilidad lo que nos ha vuelto emocionalmente agotados y espiritualmente secos.

Las prisas, los plazos, las pantallas, las crisis; todo eso nos empuja lejos de la contemplación. Dejamos de mirar al cielo, a la flor, al rostro de la persona ama- da. Y cuando dejamos de admirar, comenzamos a olvidar que Dios está presente en cada detalle. Y cuando olvidamos eso, dejamos de alabarle.

Hoy, Dios quiere enseñarnos algo precioso: la admiración sana el corazón. Admirar es mirar las cosas con reverencia, con alegría, con asombro santo. Admirar es notar la mano de Dios en lo simple. Admirar es reconocer que él también habla en el silencio de la creación.

Hoy vamos a reflexionar sobre la mirada admirada de Jesús, la sensibilidad de David al contemplar el cielo, y cómo la admiración puede renovar la esperanza en nuestra familia.

Desarrollo

1. Jesús nos enseña a desacelerar para admirar (Mateo 6:25-34)

Jesús estaba ante una multitud llena de preguntas, ansiedad y prisa. Gente pre- ocupada por qué comer, qué vestir, cómo sobrevivir en tiempos difíciles. Gente como nosotros. Entonces él hace algo inesperado: desvía la mirada de la crisis y la dirige hacia la creación.

“Mirad los lirios del campo... Observad las aves del cielo...”

Jesús nos invita a hacer algo que parece demasiado pequeño para ser espi- ritual: mirar la naturaleza. No por estética, sino por teología. Él quería que el pueblo comprendiera algo profundo: si Dios cuida de las flores y de los pájaros, ¿cuánto más de ustedes?

Admirar el cuidado de Dios en lo pequeño nos ayuda a confiar en su cuidado en lo grande. Admirar no es una pérdida de tiempo. Es un ejercicio espiritual. Jesús sabía que, cuando paramos a notar la belleza de la creación, volvemos a confiar en el Creador.

¿Cuántas veces, en medio de las prisas, te detuviste a escuchar el canto de un pájaro? ¿O a observar el cielo de la mañana? ¿O a agradecer por el aroma de la tierra mojada? Esos detalles no son insignificantes. Son huellas del Creador, esparcidas por todas partes, para recordarnos que él está cerca.

2. David admiraba el cielo y recordaba quién era Dios (Salmo 8)

David era pastor de ovejas. Solitario, muchas veces. Su techo era el cielo, su compañía, los animales. Pero fue allí, en las noches silenciosas, que comenzó a ver a Dios con profundidad.

“Cuando contemplo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que allí fijaste... ¿qué es el hombre, para que pienses en él?”

La admiración llevó a David a la humildad. Cuanto más contemplaba la grande- za del cielo, más recordaba su pequeñez, y al mismo tiempo, la inmensa gracia de ser recordado por Dios.

Admirar la creación no solo nos conecta con la belleza, sino que también nos reposiciona. Nos recuerda que no somos el centro del universo. Que hay un Dios que está por encima de todo, pero que también se preocupa por cada de- talle de nuestra vida. Hoy, las luces de la ciudad esconden las estrellas. El ruido del tráfico silencia el canto de los pájaros. Pero hay momentos en que Dios nos lleva de vuelta al campo. A la orilla del camino. Al silencio de una noche. Y allí, en lo más simple, él nos invita: “Observa. Admira. Recuerda quién soy Yo”.

3. Las familias que cultivan la admiración viven con más confianza, fe y serenidad

Cuando la familia descubre el valor de admirar juntos, vuelve a encontrar el encanto de la vida. Un paseo simple se convierte en una experiencia espiritual. Una comida se transforma en adoración. Una flor recogida del jardín se vuelve una clase de teología para un niño.

La admiración nos ayuda a enseñar a las nuevas generaciones que Dios no está solo en el templo; también está en la creación. Que no hablamos con él solo en oraciones formales, sino también al contemplar un atardecer y decir: “¡Cuán maravilloso eres, Señor!”

Admirar en familia es una forma de educar el corazón, de abrir los ojos de los hijos a lo invisible. De formar una mirada que busca a Dios, quien manifiesta su presencia a través de las huellas de sus obras de amor.

Y cuando admiramos, nuestra fe se renueva. Porque, si él es capaz de vestir a los lirios con más belleza que a Salomón, también es capaz de vestir nuestra alma con paz.

Conclusión

En un mundo agitado, admirar es un acto de resistencia espiritual. Es decir: “No dejaré que la prisa me robe la alabanza”. Es detenerse por un instante para ver a Dios en aquello que los ojos cansados ya dejaron de notar.

Jesús nos invita a observar los lirios. David nos lleva a mirar el cielo. Y el Espíritu Santo nos invita a mirar de nuevo la vida con reverencia, con gratitud, con ojos asombrados.

Tal vez lo que le falta a tu hogar no sea más dinero, más tiempo o más espacio. Tal vez lo que falta es más admiración. Más capacidad de ver a Dios en los deta- lles. De oír su voz en el canto de un pájaro. De sonreír con un niño. De agradecer por una fruta en la mesa.

Llamado

Hoy, Dios te está invitando a redescubrir la belleza de la vida. A volver a asom- brarte. A dejar de correr tanto y volver a mirar al cielo.

Elige admirar. Elige ver a Dios donde antes solo veías rutina. Elige vivir con el corazón más liviano, los ojos más atentos, el alma más sensible.

Y que, al contemplar el mundo creado, puedas unirte a David y declarar: “Señor, Señor nuestro, ¡cuán majestuoso es tu nombre en toda la tierra!”

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